‘Intimidades’, de Katie Kitamura

Hace unas semanas estuve en la librería La Central –en obras, aunque con un anexo abierto al público al frente– y entre las compras que ya se que quiero buscar, procuro sorprenderme eligiendo un libro por corazonada, así, de arrebato. Hay punto extra si no conozco de nada al autor o autora. En esa ocasión elegí el libro Intimidades, de Katie Kitamura. Debo confesar que mi decisión recibió un refuerzo por la elocuente pegatina de su portada: libro del año por The New York Times, Vogue, The Washington Post y muchos medios más. Me llamó la atención, porque frecuento esos medios y no me sonaba de nada. Así que sin más, pagué y se quedó conmigo.

INTIMIDADES

por Katie Kitamura

Editorial Sexto Piso
Primera edición: 2023
180 páginas


Intimidades es la primera novela que leo de Katie Kitamura (Sacramento, 1979) y es una historia bien curiosa, porque los personajes no dejan de revelarse, de descubrirse, en toda la obra. Miren hasta dónde llega el punto que su personaje principal, una mujer joven de unos 35 años, migrante “de muchos sitios pero de ninguno”, no lleva nombre.

Nuestra protagonista es traductora, y por cuestiones familiares, deja Nueva York y se traslada a la gris y lluviosa La Haya. Obtiene un empleo como intérprete en el Tribunal Penal Internacional, por donde pasan genocidas, tiranos y demás villanos contemporáneos.

Dice Kitamura:

(…) recordé lo que Jana había dicho sobre La Haya, lo fácil que era olvidar que estabas viviendo en una ciudad de verdad. Tal vez era cierto, había empezado a pensar que su apariencia dócil ocultaba una realidad más compleja y contradictoria.

Todo es nuevo para ella: la ciudad, las amistades como nuevo círculo de referencia. Pero pronto comienza a resquebrajarse su núcleo. Adriaan, su amante, deviene ambiguo al retomar el contacto con su ex mujer. En el trabajo le encargan ser la intérprete de un ex Jefe de Estado africano acusado de crímenes de lesa humanidad. Se empieza a incomodar y a cuestionarse su futuro.

Dice Kitamura sobre el rol de los intérpretes:

Nuestra labor de intérpretes consistía en colocar tablones a través de esas brechas (…) sometido a interpretaciones incoherentes, un testigo fiable podía parecer poco fiable (…) eso, a su vez, podía repercutir en el resultado de un juicio. En el tribunal estaba en juego nada menos que el sufrimiento de miles de personas, y en el sufrimiento no había cabida para la farsa.

Nuestra protagonista comienza a relacionarse de forma cada vez más cercana a su interpretado, el ex Jefe de Estado. Aquí vislumbra la ambivalencia: un hombre otrora poderoso y carismático, a merced de su voz y su lenguaje.

Dice Kitamura sobre esta relación:

(…) ella actuaba de intérprete para un solo hombre, y cuando hablaba por el micrófono, le hablaba a él (…) aunque nunca estaba cara a cara con el acusado, sino protegida detrás del cristal de la cabina de los intérpretes, era consciente en todo momento que el acusado y ella eran las dos únicas personas de la sala que entendían ese idioma.

La novela tiene un defecto y una gran virtud: todas las escenas consiguen transmitir, de forma potente y absoluta, las invisibles pujas de poder entre las personas y cómo el lenguaje las articula: entre el abogado y su defendido, entre la protagonista y los abogados, entre Gaby, la ex mujer de Adriaan y ella. Sí que hay mucha virtud en eso, en la sutil construcción de intimidad entre los personajes. Silencios, miradas, vacíos, tensión.

Del lado del defecto, creo que la novela no logra cerrar un arco narrativo consistente. Las escenas parecen tener todas la misma importancia, no llegan a tener sustancia para pesar en la historia. La autora va abriendo tímidamente algunas subtramas que inducen a pensar que se viene algo importante pero luego las abandona. Por eso esta primera lectura de Kitamura me dejó con un sabor agridulce.◼︎