Domesticar el fútbol
De cómo la Copa del Mundo nos está enseñando que la aceptación de la diversidad todavía es tarea pendiente.
Durante estos días estoy bastante preocupado. Esta instancia final de la Copa del Mundo se nos ha ido de las manos. Nacionalismos, debates morales sobre lo lícito y lo ilícito, lo merecido y lo inmerecido, todas con el mayor subjetivismo que podamos imaginar inundan los medios y las redes sociales. Estuve pensando bastante este problema y recurrir a las preguntas fundamentales, tarea de la filosofía, es lo que más nos ayuda.
Este domingo se jugará en Nueva York la final de la Copa del Mundo de fútbol entre España y Argentina. Dos selecciones con trayectorias y estilos de juego muy diferentes, donde todo lo que veo y leo es una expresión de lo mismo. En las redes y en los medios, pero también en los bares y los WhatsApps, lo que prevalece es que España, con su circulación y toque «juega mejor al fútbol» que Argentina, como si ésta jugara a otro deporte, no sé, al bádmington. También se escucha eso de que «si Argentina jugara al fútbol y no a dar patadas…» o si no recurriera a las «artes oscuras» como si la albiceleste fuera una fuerza del mal o una secta, como el diario inglés The Telegraph se ha dedicado a enumerar. Civilización o barbarie, juego limpio o juego sucio. No hace falta ir a Wittgenstein para saber que lo que enunciamos y denominamos es lo que refleja nuestra idea del mundo.
Pero esto, claro está, no es solamente lo que se escucha en España. Esto viene de larga data. El 23 de julio de 1966 el estadio de Wembley acogió los cuartos de final de la copa del mundo. El local, Inglaterra, enfrentó a Argentina. A los 20 minutos del primer tiempo el árbitro alemán expulsó a Antonio Rattín, capitán argentino. El motivo que expuso el árbitro, que no hablaba castellano, es que el mediocampista argentino «lo había mirado mal». Al irse Rattín del campo de juego, los ingleses desde las gradas, gritaban «Animals!, animals!», dejando claro a esos otros que son distintos, de otra naturaleza, de otro orden. Son otros, son animales. Haciendo un salto en el tiempo, Kylian Mbappé, estrella y capitán de Francia, remarcó muchas veces las diferencias entre el fútbol europeo y el sudamericano, relegándolo a su criterio a una calidad «inferior», en un estadio «menos avanzado». O que el mundial es «una Eurocopa más Brasil de invitado». Y así, muchos ejemplos más.
Pero si uno escarba un poco, encuentra el nudo de la cuestión: Europa quiere imponer su propio concepto de fútbol. Con arrogancia, lo define, lo cercena, lo acota: el fútbol es lo que yo juego. Los otros juegan a otra cosa, y para jugar a lo ellos denominan fútbol, exigen a otros países jugar a su mismo estilo.
Europa, y España ahora como portavoz circunstancial, ya que su historia futbolística ha tenido otra cara[1], no aceptan que haya «otro fútbol». Quieren imponer el suyo, de esmóquin y posesión, de poco contacto físico, de estricto respeto a la normativa, aséptico, ordenado y preciso. Un fútbol de quirófano. Un fútbol domesticado.
Sudamérica, territorio rebelde desde siempre, tiene otro concepto del fútbol. En estas tierras ese deporte se juega de otra manera. Con otros códigos, otro lenguaje, otras formas. Mismo deporte, mismas reglas, distinto espíritu. En cada patio de colegio o potrero de barrio cada partido es una final, en cada partido se juega el honor, así se juegue contra tus mismos amigos de siempre o contra los del barrio vecino. En Sudamérica no solo se juega, se compite.
Es que es muy fácil: el fútbol se juega como se vive, con intensidad, entrega física, viveza y astucia. La forma es inherente al fondo, refleja la cultura de la sociedad. Así lo juega Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Colombia o cualquier otro país sudamericano. Europa no entiende esta manera de jugar al fútbol, y por eso la desprecia cuando llegan los mundiales. Eso sí, sus clubes buscan de vez en cuando algún rebelde de aquellas tierras que les ayude a poner una cuota de sangre para los trofeos de sus vitrinas. Pagó buen dinero, hasta que se dio cuenta que es más rentable darles un carnet de identidad o nacionalizarlos. El fútbol es uno de los grandes beneficiados del colonialismo del siglo XX, que sigue dándole réditos a muchos países europeos.
Lo cierto es que el domingo tendremos una ocasión inigualable para ver distintos tonos de fútbol, distintas melodías. Pienso que el fútbol debería entenderse como géneros musicales, donde nadie discute que la música clásica y el pop son parte de lo mismo: música. Abramos la cabeza para ver al fútbol de la misma forma. Disfrutemos de la oportunidad que nos da este deporte para aprender a ver más allá de nuestras fronteras y paradigmas.■
El caso de España es curioso porque ha sido una de las reconversiones más llamativas de la historia del fútbol. Un país acostumbrado al juego rústico, enjuto y físico de los Goikoetxea, José María Bakero, Hierro, Camacho o Sanchís, en dos generaciones dio paso a la elegancia de los Iniesta, Xavi Hernández y Busquets. Con esto, quiero decir, que si miramos hacia atrás en la historia España también fue parte de ese fútbol «basto» que hoy desprecia. ↩︎